Madrazo, aprender a esquiar con 42 años y en doce meses lograr el sueño olímpico



PYEONGCHANG, Corea del Sur. “Lucha un día más hermano. Lucha hasta el final”. La frase se convirtió en un lema entre el esquiador tongano Pita Taufatofua y el mexicano Germán Madrazo. El primero, olímpico en Taekwondo en Rio-2016, buscaba estar en los Juegos de Invierno de Pyeongchang-2018, mientras que el segundo, que nunca se había calzado unos esquíes hasta enero de 2017, cuando tenía ya 42 años, iba detrás de un sueño de doce meses contra el reloj.

Ambos se habían lanzado a una carrera loca en distintas competiciones europeas en busca de los puntos que les dieran la clasificación a los Juegos en esquí de fondo y se había forjado una gran complicidad entre ellos, junto al chileno Yonathan Fernández.

“Tras una prueba e Polonia, sin poder clasificar a los Juegos, cuando llegamos al hotel, Pita me dijo: ‘Lucha una día más hermano, lucha hasta el final’. Después, en los hoteles, todas las mañanas, nos decíamos ‘Fight another day brother’”, explica Madrazo a la AFP.

Islandia, el pasado mes de enero, era su última oportunidad. Los tres, compartiendo ahorros, sacaron el billete de ida a ese país del norte de Europa, al no tener suficiente en ese momento para pagarse la vuelta. En ese último suspiro, los tres lograron la clasificación.

Madrazo, que vive en Texas (Estados Unidos) dejó su casa en Tamaulipas, en 2011, en el norte de México, para instalarse en el cercano pueblo de McAllen, al otro lado de la frontera. La inseguridad de la zona en la que vivía y dos robos, uno de ellos a mano armada, en la que perdió una furgoneta y enseres personales, aceleraron la idea en Germán Madrazo y su mujer de instalarse en el país vecino, donde montaron un comercio de artículos de atletismo.

Madrazo, que comenzó en la natación y después compitió en triatlón, se inspiró un día en Roberto Carcelén, el peruano que logró participar en 15 km de esquí de fondo de los Juegos de Vancouver-2010 y Sochi-2014, donde quedó el último tras romperse dos costillas en un entrenamiento.

“Un día, un amigo me envió un recorte de prensa con un artículo sobre Roberto Carcelén, que estuvo en los Juegos de 2010 y 2014. Lo busqué en Facebook y me dio los datos de su entrenador, quien me ayudó a empezar”, explica Madrazo.

– Conducir de Michigan a Utah –

“Al entrenador le pregunté cuánto me iba a costar que me enseñara a esquiar y me entrenara. Me dijo que no tenía tiempo, aunque me comentó que tenía que viajar de Michigan a Utah, que son casi 3.000 km, y me propuso que si manejaba y pagaba los gastos, con mucho gusto me enseñaba. Así que viajé a Michigan. Y cuando atravesábamos en coche Estados Unidos, íbamos parando en los pueblos para aprender a esquiar. Y así empezó ese sueño”, explica.

Madrazo quería haber empezado con más antelación a esquiar, pero la llegada de trillizos a su familia, en 2013, hizo que el sueño se fuera postergando hasta 2017.

El sueño fue largo y con pesadillas. Madrazo tuvo que pedir dinero a diversos amigos, “sobre todo a cuatro ángeles de la guardia”, como los califica, que le iban ayudando económicamente, y a los que podía decepcionar si no llegaba a los Juegos.

“Para ir a mi primera competición en Europa, en Turquía, tuve que vender una bicicleta de triatlón, y pedir dinero a amigos y familia. Siempre que les pedía me ayudaron con algo. Fue un proceso muy largo y duro”, añade.

– Ventas en busca de un sueño –

Pero las cosas no iban tan bien como Germán Madrazo esperaba y el principio de la aventura competitiva fue una larga montaña a escalar.

“No me iba como yo esperaba, aunque era normal para una persona que llevaba cinco o seis meses en el esquí”, señala.

Siguió vendiendo enseres para costearse gastos y viajes y seguir soñando con los Juegos.

“En un viaje a Argentina y Chile empecé a lograr la clasificación. No por los puntos, sino por la gente que conocí, por los contactos. Me dijeron que tenía que hacer carreras de roller esquí, que también dan puntos para los Juegos”, explica.

Pero en las carreras de roller esquí no logró los puntos suficientes y solo le quedaba la oportunidad de marcharse a Europa durante dos meses para lograrlos en diciembre y enero.

“Pensé, en cómo le decía a mi esposa que voy a ir dos meses a Europa para competir y no pasar ni la Navidad con ellos”, señala.

Ya en Europa tenía que seguir buscando dinero para ir yendo a las diferentes competiciones.

“Llamaba y pedía dinero a familia y amigos, pero cada vez que llamaba, me preguntaban ¿ya clasificaste? Te sientes un perfecto idiota. Pensaba que si no lo logro qué les voy a decir. Porque fue mucho el dinero que la gente estuvo dando”, resume.



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