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Hijas de mi vida

Poradmin

Dic 25, 2019



Suelo decir, no tan en broma, que si alguna vez me hallo en serios apuros y necesito ayuda urgente, las últimas personas a las que pediría socorro por el móvil serían mis hijas por estrictas razones prácticas. Podría morir desangrada gota a gota, o del propio aburrimiento, antes de obtener respuesta. Me juego el tipo a que casi cualquier otro número de mi lista de contactos contestaría antes a mi petición de auxilio a vida o muerte que la carne de mi carne, y eso que el 70% son profesionales. No estoy quejándome. Mis niñas —perdón, señoras herederas— son magníficas. No roban, no matan, no delinquen, no se drogan, que yo sepa, y encima me sacan notazas. Pero son jóvenes y van a su bola. Tienen el teléfono en silencio, se han quedado sin batería, están cargándolo, se lo han dejado en casa, lo llevan en la mochila. Que están a lo suyo y pasan lo más grande de la plasta de su madre, vamos. Eso sí, cuando son ellas quienes me requieren para que les traiga, no sé, nubes de azúcar de vuelta a casa del curro porque han tenido un mal día, tiene que pararse el mundo y contestarles ipso facto. Y el caso es que se para, y les contesto, y les llevo las nubes, emocionada ante el prodigio de que me quieran para algo.

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