“Éramos objetos, carne apta para ser consumida”




Anita tenía 10 años cuando su mamá la entregó a su hermanastro. Él se la llevó de Corrientes, en el norte de Argentina, hasta Villa Fiorito, en las afueras de Buenos Aires, con la promesa de que podría estudiar y ganarse la vida cuidando bebés. Pero en su nuevo hogar no había escuela ni bebés. Le esperaba en cambio un galpón en el que comenzó a ser explotada sexualmente junto a otra treintena de niñas de su misma edad.

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